Ajedrez

Cuando abrió el paquete, no podía creer lo que veían sus ojos, su viejo juego de ajedrez, alguien lo había pasado a través de la verja de entrada y lo tiró al jardín.

Lo revisó con cuidado, estaba tal cual lo recordaba ; se lo habían robado del fondo de la casa una noche que lo olvidó ahí, hacia como 6 años atrás, después de estar reproduciendo partidas de grandes maestros del siglo XIX y comienzos del siglo XX.

Era su etapa favorita, juegos abiertos, alegres, aventureros, las piezas recorrían grandes distancias

Después vinieron los grandes analistas profesionales y se pudrió todo ; Recuerdo como al pasar a Tigran Petrossian, gran jugador, pero que se la pasaba trabando y bloqueando todo el tablero, sus defensas eran más cerradas que la cabeza de un gallego enojado.

Vuelvo al relato:

Era un tablero profesional que Rubén había ganado en un torneo abierto de un club de barrio, cuando tendría aproximadamente 12 años.

Recordó cuando a la edad de 8 años, descubrió un libro de ajedrez en la biblioteca, ¨Celadas en las aperturas y finales¨, del maestro francés Filidor, que databa del siglo XVIII según creía, se lo devoró y comenzó una pasión de muchos años.

Después fueron otros libros, luego partidas de aprendizaje con los mayores en los bares y plazas.

No encontraba con quien jugar entre sus amigos con los que compartía su otra pasión ; el fútbol ; proponerles jugar al ajedrez era lo mismo que proponerles jugar un partido de Polo, estaban en otra cosa.

Nunca supo cual era su nivel hasta varios años después, porque los mayores no sabían los suyos y había de todo.

Lo que si aprendió, es que en una partida de ajedrez, en realidad se juegan 2 partidas, como mínimo ; Una, la de los ejércitos enfrentados, la otra el enfrentamiento entre dos personalidades.

Este era el desafió más importante para él .

Salvo diferencias técnicas muy grandes, el 80 % del resultado se definía fuera del tablero ; había que quebrar la voluntad del oponente, ponerlo de rodillas.

Ya a los 10 años Rubén sabía esto y lo practicaba, conteniendo sus emociones y observando las de su rival.

El simple hecho de mirarlo un instante dibujando una casi imperceptible sonrisa, antes de mover una pieza que lo complicaba un poco al rival, hacía que este comenzara a perder el control. De esto hizo un arte.

Nunca se hizo profesional porque los problemas cotidianos y sus estudios le restaron el tiempo necesario ; pero siguió jugando en los torneos de los clubes de barrio y en simultáneas con los grandes maestros, no le fue mal.

Cuando le robaron su juego, nunca quiso comprar otro e intentó jugar contra las computadoras, pero no le gustaba, simplemente era una máquina contra otra, muy aburrido, nadie a quien doblegar.

Nunca entendió porque Kasparov ; el campeón mundial ; aceptó jugar contra Deep Blue, la supercomputadora de IBM.

Perdió y siempre será así, el ajedrez es puro análisis y error, sin genio ; si la computadora es lo suficientemente poderosa, no se le puede ganar, no hay personalidad a quien doblegar, siempre está en su mejor día.

Es idiota intentarlo.

Salvo el tema dinero claro .

Miró otra vez el tablero, ¿quien habrá sido ?, pensó que fue un chico, porque había cosas mas valiosas en el fondo, que no fueron tocadas, se consoló pensando que era alguien que sentía pasión por el juego y tal vez no tuviera dinero para comprarlo.

Fue una pena no saberlo, porque para él hubiera sido un placer entrenarlo.

Nunca hizo la denuncia.

♣ Rubén Ardosain ♣

Un comentario en “Ajedrez

  1. Pingback: Mis números al 4 de enero del 2015 | Ruben Ardosain

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