Sobre los loros

No voy hablar de si el hombre es racional porque le puso un nombre a cada cosa, ni tampoco del rol de la mujer tergiversándolas.

Voy hablar de una basura de animal, que también tiene el don de la palabra,

me refiero a los malditos loros.

Mas específicamente a uno, el que se aprendió mi nombre y me amargó la vida.

Asoció mi nombre a toda clase palabrotas e insultos descalificantes.

El loro del verdulero del barrio.

¿Trataste alguna vez de razonar con un loro o por lo menos sobornarlo?

Es imposible ; no importa lo que hagas ; te sigue insultando.

Un vecino me comentó lo siguiente, de un comentario que le escucho al del quiosco ; parece que hay viene el Rubén ; escuchá como lo putea el loro.

Un análisis sobre el don de la palabra y sus implicancias ; me lo trajo inmediatamente a la memoria a ese descastado.

Se quejan por lo que consideran una injusticia de este mundo, por el lugar que ocupa la mujer, que no solo también habla ; sino que no para nunca ; y yo vivo enloquecido por esa maldición bíblica no documentada que es el don de la palabra a los loros.

Lo desprecio a ese loro miserable

Pero un día decidí hacer las paces con el loro.

Así como lo lees.

Decidí conseguirle una lora para congraciarme con el.

Con paciencia fui recorriendo veterinarias hasta que encontré una que me pareció muy sexi.

Cerca de la hora de cierre de la verdulería, me aparecí por ahí y le expliqué al verdulero lo que me proponía.

Me aseguré que el loro me viese que era yo el que le traía el regalito ; supuse que parte de su asqueroso temperamento era motivado por la abstinencia.

Se quedó callado y con cara sorprendida ; pero no me insultó.

Como ya cerraban, solo me quedé unos momentos para ver como el loro comenzaba hacerse el langa frente a la lora.

Me fui frotándome las manos ; la lora me había costado unos buenos pesos, pero me pareció una plata muy bien gastada.

A la mañana siguiente se me apareció en casa el repartidor de la verdulería, diciéndome que Pascuale el verdulero me quería matar ; y que quería que vaya inmediatamente a sacar a esa lora infernal que había llevado.

Parece ser que la lora era de armas tomar y lo apaleó al loro, arrancándole varias plumas además.

En cuando fui, vi que el loro estaba atrincherado detrás de unas bolsas de papas y no se atrevía a sacar ni la cabeza.

Como pude, conseguí meter a la lora guerrera en una jaula y llevármela.

Según el repartidor, que había presenciado la terrible escena, cuando me fui con la lora, el loro comenzó a putiarme hasta en ingles y juró tomar venganza.

En fin, no es mi intención fastidiarte con mis desgracias.

Hoy día sigue putiádome con fervor renovado y parece, según el verdulero, que está aprendiendo a hablar por telefono.

Rubén Ardosain

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Un comentario en “Sobre los loros

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